Un rey humano
Él ve lo que el mundo no quiere ver.
Desde la sucia azotea de un precario edificio lleno de polvo, al cual le sobrevuelan docenas de cables telefónicos y eléctricos, un dulce e inocente perrito se asoma por encima de un muro. Está parado sobre dos de sus pequeñas patitas, él observa desde la prisión de cemento a la cual fue condenado por ser mascota.
Estoy segura de que él ve algo más de lo que nosotros, los seres humanos supuestamente evolucionados, podemos ver.
Una marcha acalorada, un grupo de personas gritando sus mejores ofertas políticas, candidatos para la presidencia de los próximos comicios electorales, tienen las mejillas rojas, quemadas por el sol y también por su eufórico deseo de conseguir un voto y uno más, ese voto que los lleve a alcanzar el poder y con ese poder convertirse en los conquistadores, repitiendo así la historia de la conquista, solo que esta vez es doblemente nauseabunda porque los conquistadores no son extranjeros, son, aunque no todos, parte de nuestro pueblo, estos que se dejaron corromper por el poderm, su líder el señor dinero.
La marcha acabó, le siguieron mil carros, uno tras otro, motores viejos despidiendo humo y más humo, contaminando el ambiente. No hay alternativa, el conductor debe sacarle el jugo a la máquina , en la casa, una familia espera sobrevivir el día.
Un grito desafinado:
¡Paltas, tamales, piñas!...¡Caserita, están ricas!... No se lo pierda...Todo por un sol...
Un hombre flaco como un hueso, sucio y portando como vestido solo andrajos, está parado en una esquina, se rasca la cabeza llena de mugre y, quizás, los piojos le comen hasta los sesos, su aspecto se convierte en el triste espejo de la perdición y desolación.
Un joven de aproximadamente 15 años esta sentado sobre el peldaño de unas gradas. De manera impresionante, mueve los dedos tipeando en su celular, sus largas piernas no se inmutan ante el paso de la gente. Él no escuchó a los políticos, tampoco al vendedor, quizás no sintió el asqueroso olor de los gases producidos por los viejos autos. Su vida está ahí, transcurriendo en línea, en una vida online.
Wow, una guapa mujer camina elegantemente vestida con un traje negro y unos zapatos de taco muy fino, ella se contornea como una gata, esperando dejar huella a su paso. No se enteró de nada, ignoró al mendigo y sus piojos, al joven de vida online ni lo vio, tampoco escuchó los gritos del frutero, las propuestas políticas no le interesaban, es apolítica, continuó su paso tratando de dejar huella.
Miles de mundos en un solo mundo, un mundo en donde existen cárceles de todos los tipos, donde el hombre destruze y aplasta convencido de su proba conciencia o inconsciencia, pocos hombres son los creadores de las lezes y del sistema manejado por la culpa, pocos enriqueciéndose de vil manera.
La culpa, ante el pecado, la culpa del qué dirán, la culpa del rico por no tener un "Porsche"·, la culpa del pobre por ser pobre, la culpa de la joven por usar minifalda y provocar al violador, la culpa de ser analfabeto y no tener derecho a soñar, la culpa frente a un injusto sistema judicial, la culpa instaurada solo para manipular.
El inocente y dulce perrito mira, él lo piensa, estoy segura de ello.
Son absurdos los humanos, se matan, nos matan, se hieren, nos hieren, acaban con la naturaleza, con su especie y con la nuestra. ¡Qué estúpidos son algunos seres humanos! Yo soy un pero vestido de pelos, solo ladro y aúllo y ellos creen que soy un perro sin cerebro, pero yo veo lo que ellos no quieren ver, la autodestucción de un mundo en el cual el rey y verdugo es el ser humano.
Cecilia Chávez©
La incógnita I
En el centro de cuatro paredes de estera, la que fue tejida con paja de juncos, ahí con los pies descalzos, ajados y sucios apoyados sobre el suelo de arena, la que vuela tapizando los cuerpos de individuos incógnitos en la cima de un cerro, donde solo viven los que ya casi están muertos.
Ahí en su cerro, con el hambre devorando hasta sus huesos, una mujer envejecida por la explotación de un sistema donde el poder de los ricos significa el derecho absoluto a una vida digna y placentera, mientras los incógnitos esclavos modernos sobreviven ante un mundo injusto e incierto.
Sentada sobre un banco lleno de polvo y astillas frente a una tabla que simulaba la que en sus sueños podría ser la mesa donde manjares precederían un festejo, ahí estaba ella, la incógnita, sin educación, sin nombre, ni abolengo, la indigna, la que no tiene nada aunque muchos ignoren que tiene un alma junto a un corazón vivo y sabio habitando en lo triste de su maltratado cuerpo.
Sobre la mesa, mil retazos de telas, pedazos grandes y chicos de distintas texturas y colores, telas amontonadas, unas sobre otras, y ella, la incógnita deslizaba cuidadosamente sus dedos seleccionando las telas, pues quería convertir en realidad su sueño.
Corto con tijeras uno a unos los pedazos de tela, con aguja e hilo en las manos unió los retazos e hizo banderas. ¡Qué lindos colores! ¡Qué lindas las razas, que puso Dios sobre la tierra!
La incógnita observaba feliz las banderas, cogió una a una y las unió haciendo con ellas una única y larga bandera. La bandera de un mundo sin límites ni fronteras, donde no existe el hambre y no hay diferencias.
La bandera de un mundo que no conoce de guerras, donde la sangre no es la moneda con la que se paga la riqueza de pocos y el hambre de muchos que mueren en vida su triste condena.
La incógnita sueña y viste su choza con una sola bandera, espera que el mundo la entienda, no quiere más sangre y quiere un pan sobre su mesa.
Ana Cecilia Chávez ©
La incógnita II
Sostenida por un palo sucio, torcido y lleno de astillas, la incógnita camina; sí; es esa misma incógnita, la ignorante, la analfabeta, la que no pisó la escuela, la que nunca visitó ni vestirá de lentejuelas.
Ella camina en su cerro; en silencio se para a mirar el infinito cielo; sus ojos ausentes y viejos brillan, lentamente se humedecen, lágrimas germinan y, sin prisas, van cayendo e inundan cada arruga, rebalsan por las grietas y con ellas se va bañando el rostro agotado y derrotado de la incógnita, que no entiende qué es lo que sucede.
Las banderas de su choza, las banderas de colores, esas que cosió con tanto amor, esperanza y esmero. Ella las unió una a una, haciendo con ellas una sola bandera; haciéndola, soñó con una única bandera, esa que vestiría el mundo entero sin llevarlo al juicio ni condena.
Pero aparecieron, ¡sí aparecieron!, esos demonios que no conocen de paz, pero sí conocen bien el juego de la guerra. Han venido, las han cortado con arrogantes y grandes tijeras; ahora hay pedazos, unos más grandes, otros pequeños; todos ellos ahora están tirados sobre la víctima, una contaminada tierra.
Eso pasó, pasó, solo pasó. Los pedazos grandes se convirtieron en grandes banderas, las que se extienden sobre banderitas llenas de oros, pero las pobres son muy pequeñas, retacitos con la mancha de algún color que el gran retazo envidia y, para él, anhela.
Bastardos lobos caen del cielo, traen consigo el fuego de afiladas tijeras; los incógnitos corren despavoridos, no saben qué pasará hoy, tampoco saben si habrá un mañana o si acaso son solo el pasado, un borrón de lo que algún día fue un presente. Su única culpa fue y será el haber sido hijos de una bandera, la que fue muy pequeña.
Sigue y camina, tiembla la tierra, la incógnita ya no camina, ella no puede, las piernas y manos a ella también le tiemblan. El viejo palo se hundió en el vacío torpe de un gran hueco; nadie la oyó cuando gritó, el palo se quebró y, con él, ella perdió el equilibrio que sostenía la esperanza y libertad de su angustiado corazón.
Débil en su desolación, la incógnita cae al piso; de rodillas mira la tierra mientras un grito le sale desde el alma y va consumiendo lo escaso de su huesudo pecho.
Con un grito le pregunta al cielo:
—¿Qué sucedió? ¿Dónde quedó Palestina y todo su pueblo?
—Palestina está viva. Ella vive en el recuerdo del hambre y de los que siguen y seguirán muriendo. En el recuerdo de planes viejos, grandes hoteles y los complejos de diversión, los que serán construidos sobre la vida de niños y sus rezagos, los esqueletos.
Palestina será la tierra donde hombres y mujeres vestidos de oros y pieles bailarán sobre el olvido del genocidio y la barbarie.
—¿Hasta cuándo lloverán bombas del cielo?
—Estas caerán sin tregua, sin pausa alguna, entiéndelo, son la inversión segura al mejor postor y con gran retribución; el negocio de las grandes banderas. Sí, el negocio donde pierden los que no juegan con las evitables pero necesarias guerras.
—Señor, señor, pero dijeron que la democracia es lo mejor, ¿que nuestras voces también son voz?
—Hija, despierta, no existen voces en la población, son unas cuantas voces las que nos ponen el ton y el son. La democracia es el paliativo para inocentes que creen ser libres, dentro de un mundo en el que lidera la represión.
—No lo entiendo. ¿Existen organizaciones? ¿Habrá intervención?
—Entiende, hija, por favor entiende, que en este mundo solo manda el que no tiene corazón, viste riqueza, bebe la sangre de la población, se come sus pieles, carnes y huesos y luego los pisa sin miedo ni temor a Dios.
La incógnita llora, abre las manos, empuña la tierra; esta cae por entre sus dedos, se escucha un grito desgarrador. La acompañan más incógnitos que son solo polvo en el tablero donde solo juegan los que tienen los retazos más grandes de las banderas esas que colonizan, roban y se apoderan de todo y todos; se visten con el descaro de un sistema que esconde su autocracia con el nombre de democracia siempre en negociación.
Sigue llorando, la incógnita e incógnitos lloran, aúllan al cielo, gritos de terror y pavor. Todos esos incógnitos, los de ahora, los de mañana y los de después, esclavos generacionales sin opción a liberación.
La incógnita llora, ella pide:
—Papito lindo, no nos olvides, no permitas que quede sepultada en el olvido la salvación.
Ana Cecilia Chávez ©
Aya Marqay
El paisaje frente a sus ojos reflejaba lo que podría llamarse el paraíso, una extensión enorme de tierra cubierta por una especie de pasto verde oscuro con lineas de color amarillo, todo se veía seco, sin embargo se respiraba paz y vida.
Desde la carretera, viendo a través de la ventana, Ceci disfrutaba del espectáculo de la naturaleza; era curioso ver los ichus, una pequeña planta de los Andes, la que crece salteada de trecho en trecho como si fueran pecas sobre un rostro.
Sonriéndole a la ventana, Ceci pensaba:
Sr. Ichu, usted parece un puño de pelos erizados mirando al cielo.
El bus turístico en el que Ceci viajaba siguió su camino; en esa época ella trabajaba en una agencia de viajes y estaba con un grupo de canadienses, quienes habían viajado hasta el Cuzco para conocer toda su magnificencia, incluida, claro está, la ciudadela de Machupicchu.
La travesía continuó mientras el bus se dirigía al centro mismo de la ciudad del Cuzco, cuando en eso, en medio de la nada, estaba un jovencito; no, no era un jovencito, era un niño, quizás solo tenía 10 años. El niño estaba parado, su mirada ciega perdida en el vacío; después de un par de segundos, cayó al suelo para convulsionarse sobre la tierra y los ichus. El bus continuaba su recorrido sin que el chofer se diera cuenta de lo que sucedía sobre la pampa; Ceci gritó:
—¡Alto, alto, pare, por favor!
Se hizo un silencio, y todos los pasajeros miraron por la ventana, incluyendo el chofer, quienes lograron ver los últimos sacudones de la crisis que acababa de tener el niño. El chofer comentó:
—Ya está bien, todo terminó; luego se levantará e irá a su casa.
El hombre solo pensaba que debía trabajar y recoger al siguiente grupo de turistas; esa pequeña criatura no le importó en lo absoluto.
Ceci volvió a gritar:
—Pare, yo me quedo aquí con el niño; luego los alcanzó en el hotel.
—Pero, señora, ¿cómo se va a quedar aquí, y después cómo va a regresar?
—Ese es mi rollo, yo me quedo; vaya usted con los turistas.
Uno de los canadienses decidió acompañar a Cecilia; era un hombre inmenso, tan grande como un oso y con una piel tan blanca que daba nervios. En fin, ambos bajaron del bus y caminaron en dirección al lugar donde se encontraba el pequeño, se arrodillaron frente al niño y esperaron a que este poco a poco recuperara el conocimiento; en eso y del medio de la nada apareció una jovencita de aproximadamente 15 años.
—Es mi hermano, es mi hermano, no tiene al diablo dentro, solo se cae de vez en cuando; váyanse, yo me quedo con él.
—¿No quieres ir con nosotros? Te acompañamos hasta tu casa.
—No, nosotros nos vamos solos, gracias.
Ceci y el grandulón se fueron a la carretera, a tirar dedo, como se diría coloquialmente; no había buses y alguien se apiadaría de ellos y los llevaría a la ciudad.
Al siguiente día, en horas de la mañana, Ceci decidió ir a la plaza a pasear; pero para su sorpresa, al salir se encontró con la niña, la hermanita del pequeño al que habían acompañado después de su ataque epiléptico.
La niña corrió y le dijo:
—Hola, mi papá quiere invitarlos a comer, porque quiere agradecerles por su ayuda; en la tarde vengo y los recojo, chao.
No hubo opción de negarse; la información estaba transmitida y era suficiente. Llegó la tarde y la niña volvió a aparecer. En la puerta del hotel, ahí ya estaban parados el gigante Goliat junto a Ceci. La niña los saludó con una enorme y bella sonrisa y les indicó que los acompañaría. En el camino no hubo conversación alguna; tomaron un bus, luego un mototaxi en el cual parecían tres sardinas aplastadas; el canadiense era muy grande. Bajaron del mototaxi y empezaba lo bueno, a caminar. Nuevamente llegaron al medio de la nada, cuando a lo lejos vieron algo así como un iglú, pero este no era de hielo, sino más bien de adobe (barro con quincha).
Ya cerca del perímetro del curioso iglú los esperaba el padre de la niña, quien los recibió con mucha alegría; sus ojos despedían agradecimiento. Mientras se saludaban el gigante y el amable señor, Ceci observaba el entorno.
La tierra del piso estaba cubierta por un polvo blanco, el cual volaba como neblina por las piernas. Sentados en distintos puntos alrededor del iglú había niños; eran los hijos del señor; ellos tallaban piedras y hacían objetos para vendérselos a los turistas.
Una mano apretando su brazo la regresó a la compañía del padre, quien la tomaba del brazo para invitarla a entrar en la casa (iglú).
—Oh, sí, claro, claro, muchas gracias por la invitación.
Dirigiéndose al turista, le dijo:
—Por favor, pasa tú primero.
El gigante Goliat era muy grande y el iglú muy pequeño; tuvo que doblarse en ocho para poder cruzar la puerta. Ceci iba detrás de él cuando. Él paró en seco y ella se fue de bruces sobre su cuerpo medio atascado en la diminuta puerta; una de sus manos buscaba a Ceci. Ella pensó:
—Pero este qué tiene, ¿está tonto o qué le pasa?
Cuando por fin logró pasar y le dio paso a ella, ambos quedaron estupefactos, en absoluto silencio.
El padre y anfitrión de la casa iglú les daba la bienvenida y se sentía orgulloso de poderles presentar a su familia.
El hombre estaba parado muy cerca de ellos a pesar de estar al otro extremo del iglú; a su lado se encontraban colgados tres o cuatro esqueletos.
—Les presento a mi papá, mi abuelo, mi tío, etc., etc.
El canadiense cosmopolita y la limeña de mentalidad semioccidental típica capitalina no podían dar crédito a lo que sus ojos estaban viendo; pasaron saliva a trancazos y no quisieron ser groseros ante la hospitalidad del señor de la casa, quien los invitó a sentarse sobre unos cueros de oveja, tirados sobre el suelo alrededor de lo que era como una cocina a leña donde la señora de la casa daba vueltas y vueltas a una sopa que estaba cocinando para los dos invitados. Una sopita de quinua.
Mientras ella cocinaba, los esqueletos los observaban y el señor Ayauca les hablaba de su familia. Sí, esa que estaba colgada. Tomaron la sopita viendo la pobreza del iglú, la cantidad de pieles de oveja en todo su perímetro que eran las camas de los niños que estaban afuera trabajando las piedras; no había divisiones ni paredes, era solo un iglú.
Terminamos la sopa y nos fuimos; el silencio fue nuestro compañero, así como el respeto a la historia y cultura de nuestros legados y sus raíces.
Los incas consideraban que la muerte no era el final de una vida, sino el inicio al paso de una nueva vida; es por ello que celebraban la muerte con distintos rituales como Aya Marqay, donde sacaban a sus muertos para festejar.
Fue un privilegio vivir la experiencia, y ver que ni la colonización, la modernización ni la pobreza pudieron robarle al sabio y callado hombre la esencia de su identidad.
Cecilia Chávez Zavalaga ©
El Partido del panteón
¡Por fin, llegó el día del partido! El de las ansiosas almas que esperan la función, dos equipos bien armados, deportista se entregan para llevarse la medalla al mejor. El equipo del Panteón de Dolores se enfrenta al del Panteón de los Queretanos Ilustres.
Los tickets ya están a la venta, precios asequibles garantizan una absoluta audiencia que llenará el estadio. Una muela de oro para las butacas de oriente y occidente, dos muelas de oro para el palco presidencial. Las calaveras, ordenadas y eufóricas pagan sus entradas y van en busca de sus asientos, para presenciar el partido que venían esperando desde hace un año.
Es un espectáculo visual el observar al público, que viste sus mejores galas para este momento, calaveras de profundos, grandes y negros ojos, enormes sombreros, los caballeros de charro y las damas con sombreros de paja de colores o al natural decorados con flores, además muchas de ellas llevan rosas, pompones y plumas destacando sus bellos cráneos. Esbeltas son sus figuras, no hay obesos, todos ellos son delgados y delgadas vistiendo lo mejor de su ropero.
Las luces iluminan el estadio, el verde pasto se ve difuminado bajo las tinieblas húmedas del frío que cala hasta lo más profundo de los huesos. Los vendedores no se dejan esperar, ellos saben que cuando empiece el partido nadie los va a querer escuchar, empiezan a ofrecer sus productos: ¡ Atole, tequila, tamales, mole, pan de muerto y frutas! Tampoco falta la música y mucho menos las flores. Las damas coquetean, y se dejan alagar por los ansiosos caballeros que no están dispuestos a dejar pasar la oportunidad.
¡Atención, atención!
Se escucha desde el megáfono, que anuncia el inicio del gran partido. Los futbolistas de Dolores, entran gritando, las piernas huesudas se tambalean, pero están firmes, aunque graciosamente enclenques bajo los amplios pantalones, ellos sonríen mientras saludan eufóricos a su público.
El equipo de los Queretanos Ilustres, no se queda atrás, entran decididos, sacuden el húmero y el cúbito saludando a sus amigos y admiradores, denotan la seguridad de ser los ganadores al final. Nuevamente el megáfono retumba junto a una tétrica y aguda voz que dice:
¡Qué inicie el partido!
El no menos elegante arbitro, viste un elegante sastre negro, una camisa roja con una rosa roja en el ojal. Da el primer pitazo y el partido no se deja esperar. Los Dolores cogen la bola, corren entre pases intercalados aproximándose al arco contrincante, ah… Pero los Queretanos Ilustres, no se dejarán ganar, son aguerridos y les quitan la pelota, en cada pelotazo vuelan tibias y peronés, los que rápidamente son puestos en su lugar, la experiencia de los jugadores deja estupefactos al público que no deja de aplaudir y gritar.
En cada aplauso se disparan las falanges, trapecios, radios y los escafoides vuelan, al público, no le importa cuál cogen, si es, el del vecino contrincante o el propio lo importante es ponerlo en su lugar y poder aplaudir una y otra vez más.
Así cada vez que había un apagón, don Gonzalo contaba a sus tres niños, esta divertida historia, no importaba que equipo ganará, lo importante era disfrutar y festejar de ese dos de noviembre, en el cual familiares y amigos entregaban los regalos que llenarían de energía y cariño a las almas que yacen vivas hasta la eternidad.
Sabrina y la bruja
Sabrina era una niña, quien siempre antes de dormir soñaba despierta con los maravillosos cuentos de hadas, que su padre le contaba cada noche.
Príncipes a caballo, conquistando a bellas jovencitas; hadas que hacían milagros, premiando a desvalidas, regalándoles castillos y un príncipe que las llevara siempre de su mano.
El tiempo pasa mucho más rápido de lo que nos podemos imaginar. En un abrir y cerrar de ojos, Sabrina se había convirtió en una mujer, era alta, guapa, inteligente y llena de energía. Una mezcla interesante de mujer aguerrida y de carácter fuerte muy definido, sabía claramente lo que quería y lo que no, no se andaba con medias tintas, su madre le había enseñado que era mejor una rosa roja que muchas rosadas, con esto le quiso decir que era mejor no irse por las ramas y por dura que fuera la verdad o su apreciación en cualquier sentido o situación debería de expresarla y ser consecuente, así se evitaría malos entendidos.
Sin embargo, Sabrina no solo era esa mujer decidida y luchadora, muy dentro de sí llevaba una niña juguetona, pícara e inocente, la misma que prontamente se dejaba ver cuando adquiría un poco de confianza, esa niña era vulnerable, lo que la hacía muy frágil, y por ello que Sabrina, decidió esconderla de las personas que no conocía.
Sabrina, no estaba preparada para la vida, vivió en el país de las maravillas, dentro de un huevo lleno de amor confirmado por su familia.
El mundo la esperaba y ella, llena de ilusión y sin miedos, se fue enfrentando a las miles y unas de cosas que la vida trae consigo, en ocasiones arriba y en otras abajo, pero siempre volvía a sostener el timón con las dos manos, y continuaba la vida en un navegar sereno.
Un día, se cruzó en su camino a una persona. Ella no era su amiga ni enemiga. Esta persona era mala, manipuladora, mentirosa y cruel.
Sabrina; tuvo que aprender de la peor manera una terrible lección, aprender con golpes en el alma y con lágrimas que ahogaron sus días, sus noches y a la vez destrozaron durante una larga agonía su corazón.
Aprendió que los cuentos que su padre le leía, no solo están en nuestra imaginación, también pueden verse reflejados en la vida diaria como si fuera la peor película de terror.
Existen dulces y buenas hadas, las que obran milagros regalando amor. Existen príncipes a caballo con galardón, fieles y enamorados de la dama que será lo más grande y su eterno amor.
Lamentablemente, estos últimos son especie en extinción, pero lo que sí abundan son las brujas, narigonas y peludas con escasos rizos que chorrean el veneno de la escoria que tienen por corazón.
Protegida por las ramas de unos arbustos bajo el abrigo de un árbol, en medio de la soledad y el silencio que habita el bosque, Sabrina, lloraba su angustia y desconsuelo, el mundo se le venía encima, y no entendía lo que le estaba sucediendo. Sentía una tremenda culpa, aunque no estaba clara de porqué.
Se sentía desolada, una angustia le presionaba el pecho sin permitirle respirar con naturalidad, se ahogaba en su dolor y en sus propias lágrimas. Sin que lo imaginara, ella intuía, lo que a corto plazo el futuro le traería, algo tan espeluznante que la destrozaría aún más...
Esa bruja mala apareció en su vida, se quitó la máscara, era de las brujas la peor, vieja, pequeña, con un cuerpo doblado como el de una rama chueca, pálida, narigona, innumerables arrugas formaban su horroroso rostro, tenía muy poco pelo y este era rizado, entre blanco y castaño, el que salía disparado de su cabeza, como cuernos del peor del más temible de los demonios.
Esta espeluznante criatura no tuvo motivo alguno, sin embargo se lleno de envidia e ira al ver la dulzura e inteligencia de la joven Sabrina, que había salido adelante sin tener que utilizar el nombre de algún pariente para poder brillar.
Sabrina, era tan mujer que no necesitó demostrar con un árbol genealógico lo que, ella era, su vida y los éxitos que obtuvo, los consiguió sola, y se podría decir que hasta cierto punto, ella logró casi todos sus objetivos, y sueños a fuerza de arduo trabajo sin colgarse a títulos ajenos.
La bruja, disfrazada de actriz, se asomó a su entorno y la envidia, embargo; lo poco que le quedaba por corazón, se inmiscuyó en la vida de Sabrina, sin que ella se pudiera dar cuenta. Se convirtió en una arquitecta, la que hizo huecos profundos sobre lo que Sabrina había construido con bases sólidas y profundas. Los huecos que esta bruja arquitecta había construído con dedicación, fueron precipicios bien trabajados, los que lograron, que el edificio de Sabrina empezará a tambalearse, y cuando ella, tomó cuenta de la presencia de tan aberrante y perversa criatura, había logrado a base de hechizos, brebajes y mentiras, ya era muy tarde, todo estaba casi destrozado.
Se escondió en el bosque, lloró sus penas al abrigo de los árboles, se consoló con el llanto del rocío y con el correr del dulce río. Mirando al cielo, busco en su imaginación el rostro de su padre y le pregunto.
_ ¿Por qué no me dijiste la verdad?
_Creí que las brujas, solo existían en los cuentos y no en la vida real.
